UNA HISTORIA DISTINTA

            El reloj marca las seis de la tarde. Es una tarde calurosa de enero de 1981. Saúl, en su taller de electrónica, trata de hacer funcionar una radio. Las paredes están cubiertas con estantes, en los cuales descansan manuales, circuitos, cajas que dejan traslucir en su interior componentes electrónicos. Un tablero con herramientas e instrumental dispuesto frente al banco de trabajo, iluminando por una lámpara que cubre toda la superficie con una potente luz blanca.

Suena el timbre de la puerta de entrada. Recibe a su amigo Oscar con un apretón de manos.  En el taller, mientras toman café apoyados en el banco de trabajo, Oscar le comenta que acaba de enrolarse en la Fuerza Aérea Argentina, para integrar la Red de Observadores Aéreos.

Saúl lo mira sorprendido, y le pregunta de qué se trata. Oscar le comenta que se trata de un grupo formado por civiles con conocimiento de radio comunicaciones o radio aficionados, que reciben instrucción militar para cubrir, en un hipotético caso de guerra, puestos de observadores en lugares que no cubren la vigilia de un radar o donde no es posible colocar uno.

El comentario le pareció interesante a Saúl. Esta nueva propuesta lo llenó de entusiasmo. Al llegar a su casa, le comentó a su esposa su interés de participar en la Red de Observadores Aéreos, quien le dijo que le parecía bueno, “que era como hacerse socio de un club”.

El sábado,  junto a Oscar, marcharon a la Base Aérea local, para comenzar el curso. Era una tarde radiante de sol. Al llegar al puesto de guardia en la entrada, donde esperaban varios "aspirantes", se acercó al grupo un suboficial y los condujo hasta un edificio, donde se hace presente el Primer Teniente Cruz, con uniforme de combate, y se presenta como el encargado de la R.O.A.

Luego de llenar una serie de formularios, de inmediato repartió unos apuntes y comenzó a comentar los mismos. Luego de seis meses, el oficial informó que para evaluar los conocimientos obtenidos se haría un despliegue en el terreno, y se convocaba a todos para el fin de semana próximo.

Llegó el sábado y con sus cosas se presentó en la Base Aérea. Todos fueron embarcados en un camión y marcharon hacia su destino: el campo de entrenamiento en las afueras de la ciudad. Y al cabo de tres días de intensa tarea, regresaron a la base. Formados en la plaza de armas, el Primer Teniente Cruz los fue llamando uno por uno, entregándoles un certificado que los acreditaba como oficiales de la Red de Observadores del Aire de la Fuerza Aérea Argentina.

Una mañana, despierta a Saúl el teléfono: era su padre, que le informaba que nuestras Malvinas habían sido recuperadas por un grupo de comandos argentinos. Por un rato lo congeló sonriente la noticia. Al ir al trabajo notó, que  en  las casas había  banderas argentinas por todos lados y un clima de euforia se vivía en  todos los rincones de la ciudad. Menos en su casa. Un soldado había entregado a la esposa de Saúl un sobre de la Fuerza Aérea Argentina: tenía orden de presentarse en 24 horas.

Al día siguiente al llegar Saúl a la Base, notó que  el movimiento no era el acostumbrado, la seguridad estaba mucho mas controlada, el material era preparado para ser transportado de inmediato y en general todo se movía con la premura que una situación  de guerra reclama. El ya Capitán Cruz informó que estaban convocados para ir al sur en dos días. Hubo comentarios donde se notaba el marcado tono  entre nervioso y ansioso de los pocos integrantes del grupo.

En su casa lo estaban esperando y al verlo llegar no  fueron  necesarias  muchas explicaciones sobre el tenor de la charla recibida en la Base. Lo que si llevó mucho más tiempo fueron los razonamientos que expuso Saúl por lo cual consideraba improbable que fueran trasladados a las islas Malvinas.

Llegó el día de la partida. Se levantó, fue a mirar a sus hijos que dormían ajenos a la situación, acarició sus cuerpos y les dio un beso pensando que a más tardar en dos meses todo seria un recuerdo. Su esposa preparó el desayuno. Lo tomaron casi en silencio. Las palabras prácticamente no salían. Los minutos pasaron y la hora de partir llegó, su amigo y compañero en esta aventura esperaba en un taxi afuera. Un largo beso acompañado de un “te quiero mi amor, chau”, fue el diálogo de despedida. 

           Al llegar a la Base, el clima era otro. En  el Depósito de Movilización se les entregó la bolsa aeronáutica. El grupo compuesto por quince personas abordó el "Boeing 727" que los llevaría hasta Trelew. Cuando llegaron, allí la guerra se hacia más presente. Una vez en tierra,  se encontraron con pilotos y navegadores del Escuadrón Canberra, que estaban esperando la llegada de la escuadrilla de MK-62B había sido enviada a bombardear las Georgias  en apoyo de las fuerzas Argentinas.

Un oficial que pertenecía al reducido  grupo preguntó a un Vicecomodoro que estaba a cargo cual seria el destino programado. Miró a los cinco integrantes y les dijo con voz clara y firme: “Ustedes se van a Malvinas, en el primer Hércules que salga, así que apuren el trámite”.

Saúl buscó en sus bolsillos una pequeña libreta,  que en el interior tenia pegada una foto con su familia. En unas hojas redactó una carta,  sin dar mucha importancia a la situación, y que el motivo principal era de dejar en claro el sistema para comunicarse con el en el futuro. Arrancó las hojas las doblo al medio y se las entrego al personal encargado de correo.

El C-130 ya tenía los motores en marcha y lo estaban cargando con material del Ejército. El despegue no se izo esperar. El vuelo normalmente se hacia en dos horas y media. Tanto Saúl como el resto de sus compañeros esperaban pisar tierra malvinense lo antes posible. Transcurrido el tiempo estimado el C-130 comenzó con las maniobras de aterrizaje y por sus ventanillas se empezaron a ver los primeros islotes de las recientemente recuperadas Islas Malvinas.

Por fin la maquina toca tierra y al bajarse, Saúl recibe el primer abrazo de bienvenida. Era la mezcla producida por el viento helado con el olor inconfundible del combustible quemado. El terreno bajo sus pies se sentía esponjoso. A su alrededor  todo era actividad parecía estar dentro de una de esas películas de guerra: los helicópteros sobrevolaban la zona, en la pista se encontraban "Pucará" y "Aero Macchi", custodiados  por baterías de cañones de 20 y 35 milímetros.

Se reunió el grupo y al presentase, se les informó que prestarían servicio en la base ubicada en "Gosse Green"   o "Prado del Ganso". Y de inmediato se encaminaron al "Chinook". Una vez en su interior ubicaron todo su equipo en el centro del aparato y se sentaron en sus asientos de lona dispuestos en los laterales de la nave. La maquina se puso en marcha y sus enormes hélices empezaron a tomar velocidad y lentamente despegó del suelo. Luego de unos minutos, Saúl, junto a dos soldados, son dejados en el puesto para cumplir con su rol de observadores aéreos, para lo que habían sido entrenados en la Base Aérea Militar de Mar del Plata.

            Pasan algunos días de “tensa calma”. Una noche, la guerra se hace presente. Esa guerra que hasta ahora había observado a lo lejos, estaba a metros de él. Podía sentir su olor. El enfrentamiento era inevitable. Primeras explosiones y estampidos. El combate es intenso, saltan trozos de piedras y tierra junto con esquirlas de metal.  Comenzaron a responder el ataque terrestre. Morteros y ametralladoras disparaban sin cesar. Automáticamente, cuando el fusil de Saúl se queda sin municiones, saca el cargador, lo deja caer y baja la vista buscando uno nuevo en su cinturón.

            Siente que una piedra le golpea el pecho, sin darle importancia saca el cargador nuevo y lo intenta colocar en su fusil, no logra coordinar la tan repetida maniobra. Entonces presta más atención al golpe en su pecho: es un manchón oscuro que crece,  se da cuenta que no es un golpe de una piedra, sino un proyectil pirata que ha producido un hueco  por donde brota sangre que absorbe su ropa.

Ya no escucha el sonido del combate. Mil imágenes pasan por su mente. No podrá cumplir el sueño de acompañar a sus hijas ante el altar  cuando se casen, con el uniforme de gala, luciendo medallas en su pecho. La imagen de su padre se hace presente, y con su ultimo aliento le surge una pregunta: “¿Valió la pena, viejo? ¿Valió la pena, carajo?...”.

            Envuelto en un manto de neblina, amanece. Se escucha soplar el viento y rugir al mar, como en una bronca contenida. Mientras, el fusil, que estuvo caliente desplegando todo su poder, se enfría junto al cuerpo ya sin vida de Saúl, resuena entre las rocas malvinenses un grito: “

           ¡Sí, valió la pena, carajo!...”.

FRONTO


CERTAMEN LITERARIO NACIONAL

25º ANIVERSARIO BAUTISMO DE FUEGO de la FUERZA AÉREA ARGENTINA

Primer premio otorgado a: Raúl Horacio Márquez

Mar del Plata, agosto 10 de 2007
ARGENTINA